El sastre de Luanda
Una máquina de coser y una idea estampada en la pared: el angoleño Lengos Mawete no necesita de mucho más que eso para agradar al cliente. En un atelier en el barrio de Morro Bento, en Luanda, él escucha con atención los pedidos de quien llega. “Un vestido igual al tercero de aquella foto, contando de la izquierda a la derecha”, pide la joven brasileña, señalando el recorte de la revista pegado al lado de la ventana.
En el papel recortado, varias fotografías de modelos africanas vistiendo vestidos largos, cortos, estampados, de un solo color… En el lado opuesto a la ventana, Mawete escucha las recomendaciones mientras descansa el pie sobre el pedal de la máquina de coser. Al fondo, tres pósteres inspiran otros modelitos femeninos. A su lado izquierdo, sobre el suelo batido, una montaña de tejido revela la cantidad de pedidos.
Los clientes normalmente traen la materia prima, comprada en el Mercado São Paulo, en el centro de la ciudad, o en las “zungueiras”, vendedoras ambulantes que circulan por las calles de Luanda. La belleza de los motivos africanos, estampados en algodón, es oriunda de países como Congo y Costa de Marfil, de donde se importan los tejidos que llegan a Angola costando cerca de US$ 10 (una pieza con 6 m de largo).
Conocí a Mawete en noviembre pasado, cuando fui a la capital angoleña para realizar reportajes para la revista Odebrecht Informa. La simplicidad del atelier y el pragmatismo de las fotos en la pared (a través de las cuales se escoge el modelo de la ropa) me encantaron, principalmente porque, al depararme con un vestido listo, me di cuenta que el resultado final no dependía del modus operandi ni de la infraestructura del atelier.
Me explico: allí no hay energía eléctrica ni agua canalizada. Mucho menos probador. El costurero hace todo a partir de algunos minutos de conversación. La delicadeza del producto final impresiona, así como el acabado y la costura milimétricamente trazada por la vieja máquina Singer. Le pregunto a Mawete con quién aprendió el arte de trabajar con agujas y tijeras. “No estudié en escuela ni tuve profesor, nada de eso. Aprendí haciendo”, confiesa y a seguir sonríe.
