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En la roda viva del samba

Samba de roda en Maragogipe: “Obra prima del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad”

Antonio Nazaré: gran parte de la producción se vende a los comerciantes de Río de Janeiro

Doña Cadu, su cerámica y el Río Paraguaçú: “Empecé muy joven”

El poeta Salatiel Caldas y su esposa, Janice, en São Roque do Paraguaçú: 2.500 versos y trovas escritas

(Português) (English) Boa Morte Sisterhood

texto Thereza Martins foto Arthur Ikishma

En Maragogipe, Bahía, donde se encuentra el sitio de obras de São Roque do Paraguaçú, fiestas tradicionales rinden homenaje a la historia y celebran la vida

Agosto es mes de fiesta en el Recôncavo Bahiano. Fiesta para los santos patronos de São Roque de Paraguaçú y Maragogipe, fiesta a Nuestra Señora de la Buena Muerte, en Cachoeira, fiestas en las iglesias y en las calles de las ciudades. Procesiones y cánticos de católicos fieles se mezclan al samba de roda cuyas referencias provienen del siglo XVII, sobre el universo de los negros traídos de África como esclavos.

El  samba de roda es poesía, ritmo, canto, baile y percusión, marcado por el compás seco de los aplausos, por el sonido de la pandereta, de los tamboriles, del timbau y de la viola. “Es una alegría contagiosa”, define Nalva Santos, técnica del núcleo bahiano del Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (Iphan). En el 2004, Iphan registró el samba de roda del Recôncavo como “bien inmaterial y patrimonio cultural de Brasil”. El año siguiente, fue reconocido por la Unesco como obra prima del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad.

Estimulados por la valorización conquistada, grupos de sambistas se estructuraron en diversos municipios de la región. En el 2007, se inauguró la primera Casa del Samba de Roda del Recôncavo Bahiano (Asociación de Sambistas), en Santo Amaro da Purificação, como sede de un movimiento de preservación cultural que se viene multiplicando.

Otras 15 asociaciones ya fueron creadas en municipios vecinos, con apoyo de alcaldías locales, del Gobierno de Bahía y de Iphan. Son centros culturales que organizan talleres de música, ponencias y encuentros festivos destinados a mantener vivas las tradiciones de la cultura afrobrasileña.

“Los instrumentos musicales y el suministro de infraestructura para el funcionamiento de las unidades son ofrecidos por las instituciones que prestan apoyo, informa Marli de Santana Santos, sambista, de 23 años,  que promueve la articulación cultural de la Casa de Samba de Maragogipe, uno de los más importantes centros urbanos del Recôncavo.

El desfile de disfraces en Maragogipe es otra tradición durante el carnaval. “En la madrugada, las murgas ya están en la calle”, describe Luiz Antonio Santos e Silva, ex integrante de Braskem, en el Polo Petroquímico de Camaçarí (BA), jubilado desde el 2005 y que actualmente vive en una granja en Maragogipe. Él comenta que los disfraces preferidos son de animales con cuernos y caricaturas de políticos. Hay registros sobre el carnaval de Maragogipe desde 1897.

 

En los márgenes del Paraguaçú

Oh mi Paraguaçú,

Oh mi gigante río,

Tu nombre es parte

De la historia de Brasil

(de la letra de Rio Paraguaçú, samba de roda de autoría del compositor Mário dos Santos).

 

El Río Paraguaçú fue un importante vínculo entre poblaciones y villas dispersas a lo largo de la Baía de Todos os Santos. La unidad regional no resulta solo de las características geográficas, sino se basa en aspectos históricos, económicos y culturales.

“Los ingenios de caña de azúcar, hasta el siglo XIX y la industria de tabaco, en el siglo XX, impulsaron la economía del Recôncavo y entraron en un  período de declinio”, explica Alan Prazeres, historiador y director del Centro Estadual de Educación Profesional del valle de Paraguaçú. A mediados de la década del 50, la extracción de petróleo, recién descubierto en la región, creó esperanzas de un renacimiento.

Actualmente, realidades dispares conviven en el Recôncavo. La base de la supervivencia es aún la agricultura familiar, la pesca en los ríos y de mariscos en los manglares. Mientras tanto, nuevas oportunidades de trabajo se crearon en el municipio de Maragogipe, a partir del distrito de São Roque do Paraguaçú, donde Odebrecht Engenharia Industrial, que participa del Consorcio Rio Paraguaçú, está construyendo plataformas de petróleo para Petrobras.

 

Lazos que se estrechan

A decenas de kilómetros del sitio de obras de Petrobras se localiza la villa de Maragogipinho. En estrechas calles de tierra, a orillas del mangle, se encuentran pequeños talleres de alfarería. Allí, ceramistas transforman el barro en artefactos utilitarios y objetos decorativos.

En la alfarería de Antônio Nazaré se producen, semanalmente, decenas de cerámicas de barro con el tradicional formato de cerdos de colores. “Casi toda la producción se vende a los comerciantes de Río de Janeiro”, informa. A los 72 años de edad, Antônio pasa el día entre el torno manual y el horno donde se queman las cerámicas. El Consorcio Rio Paraguaçú provee la madera utilizada para alimentar el fuego de la Asociación de Ceramistas de Maragogipinho, que reúne 480 artesanos.

La madera proviene entre otras fuentes del material que se utiliza para el montaje de andamios y la construcción de vigas en el sitio de obras del consorcio. Además de alimentar los hornos de las alfarerías, la madera también es aprovechada para construir barcos para los pescadores de Maragojipinho, estrechando los lazos del consorcio con la comunidad, una actividad que se traduce en estímulo ambiental.

Entre los artesanos que se destacan por la originalidad de la producción, está el escultor Rosalvo Santana, de Santos, São Paulo, que trabaja solo por encomienda y tiene santos expuestos en el museo de Salvador. “Me recibí de contador, pero hace 28 años vivo de entallar santos y fabricar nacimientos. Descubrí muy temprano mi vocación y de eso vivo”, afirma.

Además de Maragojipinho, otra comunidad está insertada en el itinerario de la cerámica del Recóncavo Baiano. Es Coqueiros, tierra de Doña Cadú, Ricardina Pereira da Silva, 91 años, que vive y trabaja a orillas del Río Paraguaçú. “Empecé cuando era pequeña, y ya hice muchas cosas en la vida: ayudé a mis padres en el campo, transformé piedra en cascajo para construir casas y fui marisquera”, comenta la artesana, con una amplia sonrisa.

La cerámica de Doña Cadú, quemada en hornos rústicos, se seca al sol y al viento, a la moda indígena, y es conocida fuera de Bahía. Ella ya expuso y participó en talleres artísticos en São Paulo y en Paraná.

 

El poeta de São Roque

En São Roque de Paraguaçú vive el poeta Salatiel Caldas. El 5 de agosto completó 100 años y fue homenageado en la sede de Copeba –Comunidad Beneficiente de São Roque de Paraguaçú-, institución que él ayudó a crear hace más de 30 años, volcada en la educación de niños y jóvenes.

Actualmente, ciego, Salatiel demuestra vivacidad en la voz y en la memoria, cantando y recitando trovas de su autoría. “Tengo 2.500 versos y trovas escritos”, comenta. “Son todos líricos y románticos. Es mi estilo”.

Sólo cursó enseñanza primaria, pero el texto del poeta es rico y muy claro. Empezó a escribir a los 12 años, y conserva cuadernos con gran parte de sus trabajos. Una muestra de lo que ha producido está reunida en el libro La poesía romántica de Salatiel Caldas (editorial Kouraça, 2007).

 

La Hermandad de Buena Muerte

En medio a tantas tradiciones y manifestaciones culturales, la religiosidad ocupa espacio de destaque en el Recôncavo Baiano. Entre fiestas religiosas, la de la Hermandad de la Buena Muerte creó tradición y atrae a miles de turistas a la ciudad histórica de Cachoeira.

Fundada en las viviendas de los esclavos de los ingenios de caña de azúcar, hace 150 años, la hermandad está formada por mujeres negras –la mayor tiene 107 años-, devotas de Nuestra Señora y también de los orishas. En agosto, mes de su fiesta, que empieza en la iglesia y sigue por las calles de la ciudad, con comida típica del noreste, como guisos de porotos, carurú  y puchero, además, está claro, del samba de roda.

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