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![]() Alumna de la Casa Familiar Rural, Geiane Macedo ensenó a los padres a cultivar hortalizas, aumentó la renta familiar y recibió el apodo de “Reina de la Lechuga” |
El nuevo rostro del Bajo Sur En sociedad con entidades federales, estaduales y municipales, la Fundación Odebrecht promueve una profunda transformación económica y social en una de las regiones más pobres de Bahía TEXTO Leonardo Mourão ◦ FOTOS Eduardo Moody > GALERÍA > CAMBIO DE PAISAJE Cuando estaba haciendo compras en una farmacia el pescador Antônio Rosário Cruz se sintió, por primera vez en 47 años de existencia, respetado por su trabajo. Padre de siete hijos y vecino de Torrinhas (distrito de Cairú, en el Bajo Sur de Bahía), Cruz llegó al establecimiento con el propósito de abrir una cuenta para poder comprar a plazo remedios a su familia. La respuesta, distinta de la que solía recibir, lo enorgulleció: “Seguramente, acá tendrás el crédito que necesites”. El apodo de “Reina de la Lechuga”, que los amigos de la estudiante Geiane Pereira de Macedo, de 15 años, le pusieron traduce, con una broma divertida, la determinación con que ella produce hortalizas en la pequeña propiedad de la familia, en Presidente Tancredo Neves -el municipio más al oeste del Bajo Sur. Con la primera cosecha pudo llenar una carretilla con atados de cilantro. El total de la venta, de puerta en puerta, fue reinvertido en nuevas semillas. Aumentaron las ventas. “Mi padre sacó las cuentas: en tres días yo ganaba lo mismo que él en un mes”. Toda la familia Macedo decidió involucrarse. Los cinco canteros iniciales se extendieron para 12. Además de cilantro, se plantó lechuga, zanahoria, remolacha, tomate y se empezó a organizar un gallinero. La funcionaria Rita de Cássia Guimarães Silva se acordará siempre del día 7 de octubre del 2005. Fue cuando besó por primera vez a su padre. El cariño puso un punto final a la tristeza que la consumió en los 42 años de vida. Pese a que la mitad de los habitantes de Camamú (donde viven), también en el Bajo Sur, supieran que Artur era su padre, él jamás la había registrado como hija. Inclusive después de tanto tiempo, Rita quería que el nombre de su padre constase en la partida de nacimiento. “El concordó. Yo me puse el ‘Silva’ en el nombre, al igual que mis tres hermanos, una cantidad de sobrinos y sentí el afecto de la nueva familia”. Antônio, Geiane y Rita son personajes de una transformación que viene afectando el cotidiano de los sueños de miles de habitantes de los 11 municipios que conforman la región del Bajo Sur de Bahía. Allí, el Gobierno Federal, el del estado de Bahía, autoridades municipales, organizaciones locales y la Fundación Odebrecht organizan y concentran sus esfuerzos en una de las más creativas acciones conjuntas entre los poderes públicos y la iniciativa privada que se están ejecutando en el país. Formalizado con el nombre de Programa de Desarrollo Integrado y Sustentable del Bajo Sur de Bahía - DIS Bajo Sur, el programa se materializa en decenas de iniciativas que están trayendo dinero para la economía, enseñando nuevas técnicas de producción y administración, estimulando gente humilde a exigir sus derechos básicos de ciudadanos, a ejercer sus deberes y a conservar la riquísima naturaleza de la región. Cuatro capitales El objetivo declarado de esas acciones es crear en el Bajo Sur las condiciones mínimas para el surgimiento de una clase media rural, donde hay condiciones objetivas para que ello ocurra. Todas las sociedades tienen cuatro capitales, que, en condiciones favorables, permiten el avance material y cultural de forma sustentable. El Capital Productivo es la capacidad de generar trabajo y renta y se traduce, en las iniciativas del DIS, en la organización de las cadenas productivas de mandioca, acuicultura, palmito, y, brevemente, de totora. El Capital Humano resulta de la oferta de educación de calidad. En iniciativas como la Casa Joven, las Casas Familiares Rural y del Mar y, brevemente, la Casa Familiar Agroforestal, los jóvenes aprenden técnicas de producción y las divulgan en sus comunidades. Capital Social es el que permite a los ciudadanos el acceso a la justicia y a los derechos básicos, lo que viene siendo conquistado con las acciones del Instituto Derecho y Ciudadanía - IDC. El Capital Ambiental está presente cuando se trata de incrementar el uso racional de los recursos naturales, esfuerzo del cual participa la Organización de Conservación de Tierras del Bajo Sur de Bahía - OCT. Los 260 mil habitantes del Bajo Sur necesitan con urgencia articular esos cuatro capitales para movilizar los bajísimos indicadores que colocan a la región entre las más pobres de Brasil. Uno de cada diez jefes de familia que allí viven no poseen ninguna renta mensual y otros seis ganan menos de un sueldo mínimo por mes. En seis municipios de la micro-región (Camamú, Igrapiúna, Ituberá, Maraú, Presidente Tancredo Neves y Valença), el éxodo rural aumentó el número de habitantes en las regiones urbanas. En los otros cinco (Cairú, Ibirapitanga, Nilo Peçanha, Piraí do Norte y Taperoá), la emigración en la búsqueda de mejores oportunidades de vida determinó que la población disminuyese - tanto la de la ciudad como la del campo. Lo peor: la fuga ocurrió sobre todo en la franja de edad entre 20 y 35 años, cuando el individuo se encuentra en el auge de su capacidad de trabajo. Hay otros indicadores alarmantes: por cada tres alumnos matriculados en la enseñanza fundamental, uno es reprobado o abandona la escuela y, en 1998, la tasa de mortalidad infantil en la región era de un 50,36% por cada mil nacimientos. En Río Grande del Sur, en el mismo periodo, se registraban 19,4 muertes por cada mil nacimientos. Oro en el mar Se trataba de obtener recursos para dinamizar la renta de las familias, mantener a las personas en la tierra y ofrecer una vida mejor a quienes siempre vivieron allí, con lo que se producía en el campo o se extraía del mar. Lo que hacía falta era organizar socialmente el trabajo y conectar la producción con el mercado consumidor. O sea, unificar los eslabones de las cadenas productivas. Por ser un ciclo más rápido que los demás, la cadena productiva de acuicultura fue la primera a presentar señales evidentes de éxito. Empobrecidos por la disminución de la fauna marina -los peces y hasta los cangrejos que extraían del mar fueron desapareciendo, los pescadores de la región de Cairú fueron contactados por el personal del Instituto de Desarrollo Sustentable del Bajo Sur de Bahía - IDES: ¿a ellos les interesaría criar tilapias en tanques colocados en el estuario? Para ello deberían afiliarse a la Cooperativa Mixta de Pescadores, Marisqueros y Acuicultores del Bajo Sur - Coopemar. Recibirían entrenamiento: diez tanques, red con capacidad para hasta 900 peces cada uno, alevines y asistencia técnica. En 20 semanas, las tilapias serían “despescadas”, cortadas en filetes, embaladas y despachadas para el mercado. Se estimó que la renta por participante de la cooperativa podría llegar a 600 reales en cada “despescada”. Mucho más elevada que la propiciada por la pesca artesanal. “En un año ya hay 80 familias involucradas y, a ese ritmo, en menos de dos años serán 250, que es nuestra meta”, comenta el presidente de Coopemar, Luciano Freitas dos Santos. La Wal-Mart colocó el producto en sus supermercados y la red Auchan importa para Francia los filetes de tilapia del estuario. La renta de los pescadores tuvo, de hecho, un aumento significativo. Fue como encontrar oro en el mar. “Antes, yo alquilaba una canoa y me iba a pescar. Había días en que lo que pescaba no daba para pagar lo que le debía al dueño del barco”, recuerda Antônio Rosário da Cruz. Ahora, en dos “despescadas”, me compré un televisor y bloques de hormigón para agrandar mi casa”. No es por casualidad que el dueño de la farmacia local no le niega crédito a ese nuevo emprendedor. Productividad multiplicada “La principal virtud de ese programa es la promoción de una organización social”, observa el Coordinador de Políticas Agrícolas de la Secretaría de Planeamiento de Bahía, Jackson Ornelas Mendonça. “El programa organiza asociaciones, cooperativas, las propias comunidades y organiza grupos con el objetivo de discutir y elaborar propuestas sobre temas específicos”. Un estilo que tiene gran semejanza con una estructura empresarial: grupos de trabajo con autonomía para discutir y proponer soluciones para el tema del medio ambiente, sugerencias para educación, para perfeccionar la cadena productiva de mandioca y de pupuña. Jackson Ornelas, que representa el Gobierno del Estado de Bahía ante varias instancias de decisión del DIS Bajo Sur, considera que la iniciativa aún está en su etapa piloto, pero reconoce que algunas de sus experiencias innovadoras ya plantearon algunos paradigmas que frenaban el desarrollo en el campo. Entre ellos está la noción de que la población solo lograría progresar si pasase antes por un proceso formal de educación. “Tanto no es verdad que, en un año, los agricultores de la región de Presidente Tancredo Neves lograron multiplicar la productividad de sus cosechas de mandioca”, afirma el coordinador de la Secretaría de Planeamiento. Nadie duda de que la educación sistematizada, que se imparte en las escuelas y cursos, hace brotar con vigor los frutos del trabajo de cualquier área del conocimiento humano. Pero en un poco más de dos años de existencia del DIS en el Bajo Sur se ha demostrado que no se debe subestimar la capacidad de la fuerza de trabajo de la región. “Los agricultores saben mucho más sobre su trabajo de lo que se imaginan”, asegura el ingeniero agrónomo Marcelo Abrantes, responsable técnico de la cadena productiva de mandioca. “Hay que darles oportunidad, y ellos muestran de qué son hechos”. Se cita como ejemplo el Concurso de Productividad de la Mandioca lanzado por la Cooperativa de Productores Rurales de Presidente Tancredo Neves -Coopatan, en abril del 2005. El promedio de la productividad en la región era de 9 ton. por hectárea, menos de la mitad de las 20 ton. que, se calcula, se necesitan para solventar los gastos de producción y traer un retorno satisfactorio a los agricultores. De los 116 inscriptos, 85 cosecharon más de 20 toneladas. El promedio regional pasó para 26 toneladas por hectárea. ¡Uno de ellos llegó a producir 60,4 toneladas en una hectárea! > A camino del semiárido Más valor agregado Responsable de un 70 % de todo el valor generado en épocas de cosecha en el Bajo Sur, la mandioca es imprescindible para aumentar la renta familiar. Hasta entonces, casi toda la cosecha se destinaba al consumo in natura o en forma de fariña, lo que le da al producto un bajo valor agregado, pero suele ser muy positivo para los agricultores. Pese a los precios bajos, la venta de la fariña termina por asegurar una renta mínima para las familias. > El pez que ya nace en la red Por ser un commodity, la fariña está sujeta a variaciones de precio que los productores no logran controlar. La única posibilidad de aumentar el margen de lucro del producto es controlar todo el ciclo productivo de ese bien- de la cosecha en el campo, pasando por el beneficiamiento de la materia prima, hasta la entrega del producto embalado y pronto para el consumo en el supermercado. Esa posibilidad se ha vuelto real desde la inauguración, en agosto del 2005, de la Fábrica de Fariña de la Fazenda Horizonte, la más grande del Estado de Bahía, capaz de producir 20 toneladas por día. De las prensas de la nueva fábrica ya sale la Fariña Primera de Bahía, que se vende en la red Wal-Mart y en los supermercados populares Cesta do Povo, de la Empresa Baiana de Alimentos -Ebal, del Gobierno Estadual. Y los logros con la mandioca van a crecer vertical y horizontalmente, con el aprovechamiento total de ese tubérculo. Se está finalizando, también, en un área de la Fazenda Novo Horizonte (cedida en comodato por la Alcaldía Municipal Presidente Tancredo Neves), la Unidad de Beneficiamiento de Ingredientes para Ración - UBIR, financiada integralmente por la Secretaría de Combate a la Pobreza y a las Desigualdades Sociales de Bahía -Secomp. Allí, las hojas de mandioca, que poseen un 20% de proteínas y un 75 % de nutrientes digestivos, serán procesadas para ser utilizadas en la alimentación animal. Una de las aplicaciones más inmediatas, que ya se encuentra en elaboración, es el uso de esas hojas para alimentar peces, una contribución importantísima para la cría de tilapias en Cairú, ya que los costos con ración consumen un 70% de todos los gastos. “Las hojas son casi una ración pronta”, observa Marcelo Abrantes. “Y es posible cosechar hasta 120 toneladas de hojas de mandioca por hectárea”. El tronco también será aprovechado. Su tercio superior suministra la maniva (hojas), utilizada en la plantación; el resto será transformado en combustible, en la forma de briquetas (leña ecológica). Habrá un retorno mayor cuando empiece a funcionar la fábrica de fécula, cuya construcción será apoyada por Secomp y por la Cooperativa de Productores Rurales de Presidente Tancredo Neves. “Se multiplicará el lucro de los productores. Hoy día, solo un 10% del valor que se paga por un kilo de fariña vuelve al plantador de mandioca”, explica Marcelo Abrantes. “Ese porcentual se triplicará con la nueva estructura”. La pupuña de vuelta Mientras los agricultores involucrados con una cultura ya bien establecida como la mandioca buscan formas de incrementar su cadena de valor, otros apuestan en la potencialidad de la pupuña, palma perenne de la cual se extrae el palmito, cultura recién llegada al Bajo Sur. O mejor, recién reapresentada. La pupuña fue introducida en la región en 1983, pero los diversas problemas que sufrió hicieron que su precio se viese afectado ante los agricultores. Ese mal comienzo exigió un esfuerzo redoblado de los técnicos del DIS para que la cultura retornase a la región. En el 2001, ellos identificaron a los posibles interesados. Al año, se seleccionaron las primeras áreas. Aun desconfiados, los agricultores plantaron un promedio de tres mil árboles por hectárea, menos de la mitad de las 7,2 mil plantas por hectárea cultivadas hacía casi veinte años. Cuando cortaron el palmito por primera vez, 12 meses después de la plantación, los productores aún dudaban de que alguien fuese a comprar la pupuña. No solo ellos, sino sus vecinos, que ya empezaban a hacer bromas sobre “el verso de la pupuña”. > La planta que renace en cada corte “Cuando finalmente llegó el camión, colocamos las astas que habíamos cortado adentro del mismo y le pedimos al conductor que diese unas vueltas por las calles de la aldea, para que los que tuviesen dudas viesen que habíamos vendido nuestra producción”, recuerda, a las carcajadas, el presidente de la asociación de los Pequeños Productores de Areião, Francisco Rodrigues Santos. La noticia se desparramó. Uno de los que dudaban que la pupuña era un buen negocio. Raimundo Souza dos Santos, de la Asociación de los Productores del Morro do Sal, se convenció con tal fervor de la viabilidad de la nueva cultura que asumió el cargo de vicepresidente de la Cooperativa de Productores de Palmito del Bajo Sur de Bahía - Coopalm, entidad creada hace poco más de un año. “Yo solo no creía que el palmito pudiese ser un buen negocio, como intentaba convencer a los conocidos a no plantar pupuña”, confiesa. Después de una visita a la plantación de la Fazenda Juliana, en Igrapiúna, Raimundo Santos decidió iniciar su plantación y llegó a desarrollar una técnica inédita, en que cultiva, en consorcio, pupuña y plátanos. El trabajo emprendido por los técnicos conectados al DIS Bajo Sur fue un éxito. Las asociaciones fueron involucradas; la tecnología traída de Ecuador, fue perfeccionada y la productividad aumentó. “Actualmente ya no necesitamos estimular a nadie. Hay 325 productores, 1.325 hectáreas cultivadas y todos están convencidos de que han hecho un buen negocio”, dice la líder de la cadena productiva del palmito, Emile Machado. Las astas se venden para Ambial comercializadas con la marca Cultiverde. Actualmente, dos decenas de asociaciones, de nueve municipios del Bajo Sur, están involucradas con Coopalm. La motivación viene exaltando el espíritu de grupo, como señala la actitud de un cooperado que cedió una gleba para que la renta proveniente del cultivo de mandioca y plátanos fuese utilizada para amortizar un tractor adquirido por la cooperativa. ¿Para qué estudiar? En el Bajo Sur de Bahía, cursar la Enseñanza Media es un lujo al cual pocos tienen acceso. De acuerdo con el Anuario Estadístico de la Educación, en el 2001 estaban cursando la Enseñanza Fundamental solamente 93.086 alumnos y apenas la décima parte de ese total, 8.659, se habían matriculado en la Enseñanza Media. Y para dar más sustancia al escaso presupuesto familiar, una enorme parcela de los estudiantes es obligada a salir de la escuela para entrar en el mercado de trabajo. Pero no es solo eso. En una región en que el 53% de la población vive en el campo, el calendario escolar es el mismo que se practica en el centro de la ciudad de São Paulo o en la zona sur de Río de Janeiro: no toma en cuenta los periodos de la cosecha, cuando los estudiantes son obligados a ausentarse para ayudar a la familia en la agricultura. “El alumno tiene que saber por qué y para qué está estudiando”, observa la directora del Colegio Estadual Casa Joven, en Igrapiúna, Simone Magalhães. “De lo contrario, la escuela será considerada una entidad incapaz de promover su progreso individual”. Con 670 alumnos matriculados en la Enseñanza Infantil, Fundamental y Media, la Casa Joven es un colegio de la red rural de enseñanza. Ubicada en la Hacienda Juliana, la escuela también recibe estudiantes de las zonas rurales de Ibirapitanga, Ituberá y Piraí do Norte. El currículo atiende rigurosamente a las determinaciones del Ministerio de Educación, pero en todas la series los jóvenes estudian, cultivan y respiran la tierra -al igual que hacen sus padres-, en clases teóricas y prácticas, en el pequeño huerto de la escuela y en las grandes plantaciones de la región. Además, después de concluir la Enseñanza Media, podrán seguir los cursos de profesionalización destinados a la economía rural que ofrece la Casa Joven. Temas delicados El énfasis que se da a la interacción entre lo que se ve en el salón de clase y la forma cómo se ganan la vida las familias de sus alumnos, no significa que los pedagogos de la Casa Joven estén determinados a transformar a todos en hacendados. En los tiempos actuales, los alumnos del área rural tienen mucho contacto con la realidad urbana. Quieren ser médicos, ingenieros, periodistas. Si la distancia cada vez más pequeña entre esas realidades les permite compartir sueños, también les provocan algunas pesadillas. “Cuestiones como la alta incidencia del embarazo en la adolescencia y el riesgo de contraer enfermedades de trasmisión sexual también están presentes en la zona rural”, dice Jorge Luís Oliveira Lemos, profesor de biología de la Casa Joven. “Nosotros discutimos el tema en el salón de clase, como ocurre en las buenas escuelas de Salvador”. El hecho de trabajar con un universo de alumnos menos disperso que el de los grandes centros urbanos permitió que el profesor llegase a una conclusión: “En los últimos tres años, el número de casos bajó sensiblemente, y ello tiene una relación directa con el trabajo que llevamos a cabo en la escuela”. Muy buena noticia para una región como el Bajo Sur, en que un 70% de los jóvenes tienen hijos antes de los 20 años”. “Hay que darles a nuestros estudiantes los mismos instrumentos que reciben los alumnos de las ciudades”, observa Simone Magalhães, invitada personalmente por Norberto Odebrecht para asumir la dirección de la Casa Joven. “En la medida en que desarrollen sus talentos y adquieran los instrumentos para aprovechar y crear oportunidades, la tendencia es a permanecer en la región”, dice. A partir de enero del 2006, cuando serán impartidos los cursos de profesionalización, los alumnos podrán escoger entre las carreras de técnico agrícola, analista de suelos, técnico en construcciones y electromecánico. Un ancla más para sujetar a los jóvenes al medio rural. “Voy a hacer el curso de técnico agrícola y no pienso irme de acá”, afirma la estudiante Célia Jesús dos Santos. “Actualmente, para el que tiene una profesión hay empleo en el área rural. ¿Por qué alejarme de mi familia y del lugar donde nací?” Casas familiares Jóvenes convencidos de que las buenas oportunidades están surgiendo cerca de sus casas, como el caso de Célia dos Santos, son cada vez más numerosos en el Bajo Sur. Uno se da cuenta de un fenómeno, demasiado reciente para constar en las estadísticas: los primeros emigrantes que partieron hacia los grandes centros empiezan a regresar, atrapados por las noticias de que el ambiente económico ha empezado a mejorar en la región. Ello está ocurriendo sobre todo en la región de Presidente Tancredo Neves, a lo largo de la BR-101, en el tramo más al oeste del Bajo Sur. Y pese a ser tan reciente, la acción del DIS Bajo Sur es responsable de ese cambio. La rápida expansión de la Cooperativa de Productores Rurales de Presidente Tancredo Neves - Coopatan, y el establecimiento de proyectos que han sido discutidos en el ámbito del DIS son el motor y el termómetro de ese avance. Sin embargo, la iniciativa que moviliza profundamente las raíces económicas de la región es la Casa Familiar Rural. Inaugurada en marzo del 2004, en la Fazenda Novo Horizonte, la Casa Familiar Rural se destina al fortalecimiento de la agricultura familiar. Sus alumnos son jóvenes hijos de productores rurales que, durante los tres años de curso, van a alternar la presencia por una semana en el salón de clase en que estudian las más recientes técnicas agrícolas, con dos semanas de trabajo en la propiedad de la familia, En casa, releen las fichas pedagógicas que traen de la escuela, se dirigen a la tierra y ponen en práctica las técnicas agrícolas que aprendieron con los profesores. Al tiempo que trabajan al lado, sus padres, parientes y vecinos observan, comparan los resultados y escuchan. Aquellos jóvenes hablan sobre novedades: análisis de suelo, abono, plantación en doble hilera, consorcio de cultivos. Esas dos semanas en el campo están cambiando toda la historia. Aumenta la productividad, el dinero empieza a crecer y las nuevas noticias llegan a los compañeros que habían partido. Los alumnos enseñan Como hicieron los padres de Geiane Pereira de Macedo (apodada “Reina de la Lechuga”), que pasaron a cultivar hortalizas, entusiasmados con los buenos resultados de la huerta de su hija, centenares de agricultores de la región de Presidente Tancredo Neves aprendieron con los alumnos y empezaron a modernizar sus técnicas, a experimentar nuevos cultivos y, sobre todo, a aumentar la productividad. “Llegaba a casa y le mostraba los apuntes a mi padre; él los leía. Algunos le gustaban, otros, no”, comenta Adriano Jesús Santos, de 18 años, alumno de la Casa Familiar Rural. “Cuando le comenté que la plantación en doble hilera aumentaba la productividad de la mandioca, él dijo: ´Eso no va a resultar'. Le pedí que me dejase plantar a mi modo en un área de la propiedad para después comparar. Cuando llegó la época de la cosecha, lo que yo había plantado era casi el doble de la suya. Él se rió: “!Es verdad!”. Uno de los primeros a plantar ananá en la región, el padre de Adriano, José Ferreira dos Santos, aplicó los conocimientos de los técnicos de la Casa familiar Rural, que controlan el desempeño de los alumnos en las dos semanas alternadas que ellos trabajan en el campo. Una epidemia de broca (pequeño gorgojo negro) destruyó 18 mil pies de ananá, de los 21 mil que se habían plantado. Con la ayuda del consultor, se solucionó el problema. “Agarré confianza de nuevo”, afirma José Santos, que plantó las almácigas traídas de la India y se prepara para cultivar el árbol del caucho. “Ese cultivo me parecía complicado, pero ahora me siento estimulado”. > Ellos quieren quedarse en casa Acción sin límites Esos cambios son apenas el comienzo. A fines del 2006, Adriano y otros 34 jóvenes de la región concluirán el tercer año en la Casa Familiar Rural. Será el primer grupo a recibir el diploma y, si por lo menos una parte de esos planes se concreta, se formará un equipo de grandes empresarios rurales. Parte de ellos, ya se organizaron en la Asociación de los Jóvenes Empresarios Rurales -AJER. El objetivo es comprar y cultivar tierras en la región, beneficiándose del programa Nuestra Primera Tierra, del Ministerio de Desarrollo Agrario, que ofrece financiación a los jóvenes del medio rural entre 18 y 24 años. Los jóvenes de AJER, además de salir con frecuencia por la región para identificar dónde están los mejores terrenos, están investigando la potencialidad del mercado de la zona. “Nuestra actuación no se limitará solo a Presidente Tancredo Neves, que no tendrá capacidad de absorber todo lo que vamos a producir, sino que se extenderá a las ciudades vecinas. Aún no sabemos cuál será nuestro límite”, revela Luciana Lima, 19 años, una de las organizadoras de AJER. Luciana se sorprende con el cambio que esos dos años en la Casa Familiar produjeron en su vida. En un emocionado testimonio, ella intenta explicar lo que ocurrió: “cuando pensaba en la vida, no veía otra solución que no fuera irme a Salvador. Allá, podría trabajar, intentar estudiar y quizás volver. No me imaginaba cómo sería el futuro. Empecé en la Casa Familiar Rural y cambió todo. Hoy me siento más tranquila. Me gusta estar acá, con mi familia, no tengo porqué irme. Dentro de unos años, me imagino en mi tierra, con mis proyectos, plantando plátanos, caucho, cacao. Una gran empresaria. Voy a tratar de hacer todo eso, para que, cuando sea vieja, pueda contarles la historia a mis nietos”. Pesca de método Funcionando hace un año, la Casa Familiar do Mar, recibirá, brevemente, sede propia en Ituberá. A lo largo del 2005, el primer grupo alternó los períodos de clases prácticas y teóricas entre el litoral de Cairú y las instalaciones de la Casa familiar Rural en Presidente Tasncredo Neves. Los alumnos, como los de Presidente Tancredo Neves, también influyen en las comunidades de pescadores en que viven, que se adhieren a las buenas prácticas de explotación de la actividad, evitando métodos predatorios, como las bombas, redes de malla fina y pesca durante el período de reproducción de las especies. “Mi familia pescaba de manera desordenada, sin método”, comenta Gleidson de Souza dos Santos, 15 años, de la Casa Familiar do Mar. “Ahora empiezan a darse cuenta que el mar es una fuente inagotable y hay que cambiar los métodos”. Esos estudiantes quizás tengan que enfrentar un desafío más grande que el de sus compañeros de la Casa Familiar Rural. Además del esfuerzo de poner en práctica las nuevas técnicas en una comunidad tan conservadora como aquellas que viven de la tierra, tienen por delante una actividad económica que enfrenta un riesgo real de retracción, en virtud de las agresiones ambientales. “Yo quiero ayudar a mi familia y a la comunidad”, afirma otro alumno, Patrício do Rosario, 18 años. “Voy a trabajar con mi padre en el módulo de cría de tilapias que él tiene en el estuario en Torrinhas. Es una forma de seguir produciendo alimentos, llevar adelante la recuperación del medio ambiente y mejorar nuestra calidad de vida”. > Solo no se aprovecha la sombra Los pescadores comparten ese punto de vista. El vicepresidente de Coopemar, Cooperativa Mixta de Pescadores, Marisqueros y Acuicultores del Bajo Sur, Orlando da Hora Santos, cree que hay un nuevo espíritu en las comunidades que viven de la pesca: “Siempre tuvimos muchas promesas de que el progreso llegaría hasta nosotros, pero, ahora, en el presente, vemos los logros alcanzados con la cría de tilapias, y tenemos la seguridad de que los estudiantes de Casa Familiar do Mar van a mantener y aumentar esas conquistas”. La fuerza de la totora La seguridad de que los jóvenes serán la fuerza propulsora de una economía más vigorosa ya se estableció a pocos kilómetros al sur de Cairú, en las comunidades quilombolas de Jatiname, Boitaraca, Lagoa Santa e Ingazeira. En enero del 2006, empezará a funcionar allí la Casa Familiar Agroforestal. Cercados por el Monte Atlántico, esos antiguos quilombos permanecen hasta hoy relativamente aislados. Sus habitantes se mantienen principalmente con la extracción de la totora, palma endémica de la región. La pesca, que ya tuvo gran importancia en la subsistencia de los quilombolas, disminuyó drásticamente. El desafío es diversificar la economía, conservar el medio ambiente y estimular el espíritu emprendedor entre sus habitantes -está probado que los alumnos de las Casas Familiares son capaces de llevar el proyecto adelante. > El maestro del Bajo Sur “La región es riquísima. Las posibilidades de desarrollo económico son reales”, asegura Reinaldo Souza, coordinador del Proyecto Cadena Productiva de Totora. La Casa Familiar Agroforestal funcionará en los mismos moldes que las dos ya existentes: con el régimen de alternancia -una semana asistiendo a clases teóricas y otras dos trabajando en la tierra. En cada período se presentará un tema volcado en producción y extracción agrícola. “En los tres años de curso, habrá 45 temas. O sea, al final, cada joven tendrá 45 diferentes oportunidades de convertirse en empresario”, afirma Reinaldo Souza. Con los preparativos para el inicio de la Casa Familiar Agroforestal, se están implantando instituciones y prácticas necesarias para llevar adelante la cadena productiva de la totora. La creación de la Cooperativa de las Productoras y Productores Rurales del área de Pratigí - Cooprap - es una de esas medidas. 'Ya habíamos intentado organizar una cooperativa, pero faltó unión y quedó en nada. Ahora todos estamos entusiasmados. Dudo que alguien se vaya a olvidar de ir a las reuniones como ocurría antes”, asegura Paulina Oliveira do Rosario, 34 años. Con casi todas las mujeres de Jatimane, Paulina separa con las manos las fibras de las hojas de totora, que su marido corta, y las ata en fardos. ¡Si trabaja con dedicación, de las 6 hs a las 17 hs, recibirá uno escasos seis reales por el largo día de trabajo! “Ese es el trabajo que sobra para los habitantes de aquí”, afirma Reinaldo Souza. “Pero la explotación de totora puede generar inclusive mucho más renta”. En el proyecto, que cuenta con el total apoyo del IDES, se prevé la extracción de amida del coco de totora (más rico en esa sustancia que el babaçu, palma del estado de Maranhão), aceite, salvado para ración y transformación de la cáscara en carbón aditivado. Se firmó un convenio con la Escuela Superior de Diseño Industrial de Río de Janeiro, para el desarrollo de un nuevo diseño para escobas de paja, que se utilizará en la futura fábrica de escobas que se pretende construir en la región. Ciudadanía documentada Las poblaciones se desarrollan de manera acelerada cuando se sienten capaces de generar riquezas y de renovar de manera constante su tecnología - inclusive, como en el caso del Bajo Sur de Bahía, la de objetos que consideraba definitivos, como las escobas de paja de totora. Las sociedades solo pueden considerarse verdaderamente civilizadas si todos los ciudadanos se convierten en parte integrante y respetada de ese conjunto. Ser ciudadano es acceder a la asistencia mediadora del Estado cuando alguno de sus derechos es amenazado; poder contar con los instrumentos públicos de asistencia, lograr obtener lo básico para poder sobrevivir; y tener los medios que le permitan participar e interferir en la elección de los rumbos de la administración pública. Ese conjunto forma el Capital Social de un país. El acceso a esos derechos exige, antes de todo, que el interesado posea instrumentos como partida de nacimiento, credencial cívica, cédula de identidad y de trabajo, inscripción en la Dirección Impositiva, certificado de conscripción, recibo de pago de impuestos. Por más sencillo que parezca para los que viven en los centros urbanos, un número significativo de habitantes del Bajo Sur de Bahía - donde la tasa de analfabetismo arriba de 10 años alcanza a un 44% en algunos municipios -jamás ha visto esa documentación. “Cuando solicita una documentación, la persona se entera de sus derechos y sus obligaciones con respecto a la sociedad, y eso la hace evolucionar, porque la miseria y la opresión sobreviven de la falta de información”, afirma Maria Celeste Pereira de Jesús, responsable de la unidad del Instituto Derecho y Ciudadanía - IDC en presidente Tancredo Neves. Parte integrante del DIS, el IDC asume todas las tasas cobradas para la expedición de la documentación. Fueron distribuidos a la población más de 32 mil documentos. También fueron atendidos gratuitamente, en los tres últimos años, más de 92 mil personas que recibieron orientación jurídica y mediación en los conflictos, por medio del programa Mostrador de Derechos. Dicha mediación cuenta con la orientación de abogados y agentes de servicio social, entrenados por el Instituto. En ese trabajo se registra un intenso entusiasmo emocional. Como el que surge con el reconocimiento formal de la responsabilidad o la conquista del amor paterno. Fue lo que ocurrió con Rita de Cássia Guimarães Silva, la que besó al padre por primera vez a los 42 años: “Me emocioné cuando el dijo el nombre para que apuntasen en mi partida de nacimiento. Le temblaba la mano”. Esos momentos de emoción se habrán repetido miles de veces, por todo el Bajo Sur. La Compañía de Paternidad Responsable, que inspiró a Rita de Cássia a buscar a su padre, fue promovida por el IDC en los 11 municipios de la región. Un relevamiento detectó, solamente en Presidente Tancredo Neves, 650 partidas de nacimiento en que no constaba el nombre del padre. “La búsqueda ha sido tan intensa que, en lugar de tardar tres meses como se había previsto, la campaña se ha convertido en un servicio definitivo”, comenta la directora ejecutiva del IDC, Liliana de Mello Leite. > La hora de los quilombos También es sorprendente la persistencia, inclusive hay gente que se ha pasado la vida sin disfrutar de ningún servicio público, sin que le fuese reconocida la ciudadanía. Es el caso de Francisca Xavier de Oliveira, 78 años. Ella solicitó una cédula de identidad y la única prueba formal de su existencia es la libreta de matrimonio deshecha, que algun alma piadosa, pero distraída, la restauró con cinta scotch fuera de orden. “Mi esposo se llamaba Gilberto Anísio Coelho. No tengo noticias de él hace más de 40 años. No se si está vivo o muerto”. La fuerza de los consejos Si con el Instituto Derecho y Ciudadanía hay quienes estén recuperando el tiempo perdido en el ejercicio de sus derechos, otros ahora tienen chance de asegurarlos aun más. Creado en el 2005, el Consejo Municipal de Derechos del Niño y del Adolescente -CMDCA de Presidente Tancredo Neves logró rescatar al adolescente Evandro, de 13 años, del ciclo de crueldades y abandono que se cerraba a su alrededor. Matriculado en la escuela y con familia conocida en el lugar, Evandro solía caminar y dormir andrajoso por las calles. Más de una vez fue golpeado por adultos. “Logramos sacar al adolescente de la calle, convencimos a su padre a presentar queja en la policía contra uno de los agresores de su hijo y lo trajimos a la escuela”, se enorgullece Maria das Graças Barreto Alves, responsable del Consejo Tutelar, que integra la estructura del CMDCA. La materialización de los Consejos Municipales se inició en el año 2000, cuando el IDES hizo una investigación para evaluar la eficacia de esos instrumentos en la región. El cuadro fue desalentador: gran parte de los consejos -cuyo establecimiento estaba previsto en la Constitución de 1988, como una estrategia para descentralizar la administración pública - que era desarticulada, desconocida por la población y sus integrantes no sabían qué hacer allí; algunos no querían ni estar allí. “Nuestra primera acción fue capacitar a los consejeros. Discutimos con ellos cuestiones volcadas en los niños y adolescentes, como educación y salud”, comenta Liliana Leite. “Organizamos encuentros, seminarios y debates”. Al final, se formaron más de 250 consejeros y se estructuraron 55 consejos municipales. Lo mejor es que casi todos son jóvenes. “Era lo que queríamos: líderes jóvenes”, conmemora Liliana Leite. Actualmente ellos son responsables de los consejos de Niños y Adolescentes; algunos hasta disputaron cargos para diputados. “No lograron, lo que ha sido bueno. Es el momento de concentrar energía en los consejos”. El apoyo de liderazgos municipales es fundamental para que las propuestas realizadas en sociedad con la Fundación Odebrecht pasen de la intención a la gestión. Son las que conocen la región, sus potencialidades. “Esas acciones en el Bajo Sur nos han enseñado mucho sobre la fuerza de las sociedades”, reconoce el presidente de la Asociación de los Municipios del Bajo Sur -Amubs y alcalde de Taperoá, Ito Meireles. “Gracias al trabajo coordinado por la Fundación Odebrecht se está redescubriendo la capacidad generadora de riquezas con que la región siempre contó”. El presidente de Amubs asegura que el poder público municipal de toda la región se ha convencido de que el progreso solo vendrá con una estrecha alianza con la iniciativa privada. “Solo, el gobierno no es capaz de llevar adelante un proyecto de esa envergadura. Estamos siempre buscando socios”. Ciudadanos de la naturaleza Los socios tan necesarios no son obligatoriamente personas jurídicas. En Ituberá, los más decididos no son ni siquiera los mayores de edad. En la ciudad, estudiantes del Colegio Estadual Idelzito Eló de Abreu, que participan del Programa Joven Ciudadano del Medio Ambiente, se empeñan en establecer en el municipio un sistema de recolección selectiva de basura - un desafío inclusive para las grandes metrópolis del mundo. El primer paso, ellos proponen, será crear una cooperativa de recolectores de basura, cuyo proyecto se basará en la cooperativa similar existente en Itabuna, en el sur de Bahía. Un viaje en comitiva para conocer la experiencia de Itabuna de cerca ya está acertado. “Ellos se entusiasmaron y no dejan de hacer proyectos: después de la cooperativa, crearán una mini fábrica de abono con el material orgánico reciclado”, revela Rosângela Ché, coordinadora pedagógica del Programa. > La fuerza de la convergencia Creado por la Organización de Conservación de Tierras del Bajo Sur de Bahía - OCT, socia de la Fundación Odebrecht en el Bajo Sur, el programa Joven Ciudadano del Medio Ambiente pretende conquistar los corazones y mentes de la población económicamente activa de la región y lanzar bases para la constitución de su Capital Ambiental. Desde el fin del primer semestre del 2005, el programa trabaja con 18 jóvenes voluntarios, de 14 a 17 años, que se reúnen dos veces por semana para hablar sobre temas que incluyen desde el desarrollo de la autoestima hasta el estudio de las características del bioma Monte Atlántico. “El desarrollo personal es fundamental, porque creemos que solo cuando hay respeto por uno mismo y por los demás se consigue respetar a la naturaleza”, explica Rosângela Ché. El involucramiento de los jóvenes en la discusión sobre los riesgos impuestos al medio ambiente (Ituberá es el municipio del Bajo Sur donde se encuentra la mayor concentración del Monte Atlántico) está repercutiendo en las casas. “Los padres participan de manera espontánea de las actividades. Cinco de ellos se han inscrito en cursos de Biología influenciados por los hijos”, afirma Rosângela Ché. El padre de Layane Souza, estudiante de la 8ª serie, llega a esperar con ansiedad a su hija en los días en que ella va al Programa. “Yo me siento con él en el sillón, de las 7hs hasta las 8hs de la noche, y le cuento todo lo que aprendí en la OCT”, explica Layane. “Él se queda quietito, escuchando”. Conservar y usar La relación especial que las comunidades del Bajo Sur mantienen con la naturaleza representa a la vez un grave desafío y una solución para los que intentan conservarla. Casi la mitad de los 6.138 Kilómetros cuadrados de la región es conformada por un área rural de extracción. Del Monte Atlántico se extrae la totora, la madera y la caza; de los estuarios, peces y mariscos; los árboles nativos dan origen a la pupuña, el clavel de la india, el guaraná, y otras plantaciones. ¿Una gran amenaza? Sin duda. Pero esa profunda dependencia tiene la ventaja de no dejar ninguna duda a los agricultores sobre la necesidad urgente de la conservación de los biomas. Al final, ellos serán los primeros a sufrir las consecuencias de la depauperación del medio ambiente. “Hay que conservar, resguardar, pero también utilizar el ambiente”, afirma el biólogo Alexandre de Almeida, de OCT. “Tratamos de cambiar el concepto de que la naturaleza es un estorbo para el propietario de la tierra”. La Organización viene trabajando con las alcaldías y las asociaciones de productores, pero el gran avance deberá ocurrir después de la instalación de los consejos Municipales de Medio Ambiente, aun incipientes en el Bajo sur, pero previstos por legislación para ser instalados en todas las comunidades. Un inventario de biodiversidad de la región es otra iniciativa necesaria. Sin él, difícilmente se organizarán estrategias precisas de conservación y manejo. Ya se sabe que la región es rica en endemismos y posee un record mundial de diversidad: 144 especies distintas de árboles leñosas por hectárea. Pero hay que conocer más. Una de las posibilidades legales que han contribuido para la conservación del Monte Atlántico son las Reservas Particulares del Patrimonio Natural-RPPN. Por la legislación, las propiedades rurales deben preservar un 20% de su vegetación. No puede ser expropiada para fines sociales. En compensación, el dueño de la tierra se beneficia con la excensión de impuestos y prioridad para créditos agricolas. “Nuestra estrategia es formar corredores regionales de biodiversidad, o sea, conectar esas áreas preservadas, pues los especímenes no sobreviven aislados”, explica Jorge Velloso Viana, del directorio de OCT. “Y ello va a ocurrir. Ya firmamos compromisos con 22 propiedades para crear RPPNs, lo que totalizará 9.323 hectáreas. Se logrará la conexión, en el caso de que se cumpla la legislación y se preserven los montes al lado de los cursos de agua -, que son conexiones naturales entre los montes. “Todos esos instrumentos están disponibles. Lograr la adhesión de toda la comunidad es una cuestión de convicción, que vendrá con el tiempo”. |
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