Edición Histórica - Noviembre del 2004
 Publicación interna de la Organización Odebrecht – Odebrecht S.A, Construtora Norberto Odebrecht, Braskem y Fundação Odebrecht
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Emílio Odebrecht el Pionero
Uno de los introductores del hormigón armado en el Noreste
brasileño, Emílio Odebrecht, dio inicio a lo que sería
una de las marcas de la Organización Odebrecht a lo
largo de su historia: el pionerismo tecnológico

Emílio Odebrecht, primogénito de Edmundo y nieto de Emil, había recibido influencias desde la infancia y la juventud de la tradición familiar en ingeniería, fuese a través del abuelo, o del tío Adolfo, ingeniero civil egresado de la Politécnica de Río de Janeiro a principios del siglo XIX. Emílio acompañó al abuelo en exploraciones y en los servicios de la red telegráfica y, en 1914, a los 20 años, también se mudó para Río.

Allí se encontró con el primo Emílio Baumgart, estudiante de la escuela Politécnica que trabajaba en la Companhia Construtora de Cimento Armado. Por su intermedio, entró en la empresa, fundada por el alemán Lambert Riedlinger, quien había llegado a Brasil en 1911 trayendo un secreto de inmenso valor: la técnica de construcción del hormigón armado, que ya estaba adelantada en Alemania y que aquí daba los primeros pasos. Con Baumgart y Riedlinger, Emílio participaría de la introducción en Brasil de la “era del hormigón armado” en la industria de la construcción y en arquitectura en general.

Emílio Odebrecht encontró un Río de Janeiro cosmopolita, vibrante, una ciudad como ninguna que se le pareciese en Brasil. Entre 1903 y 1906, el alcalde Pereira Passos y sus asesores no solo habían reconstruido el centro de la ciudad -que contaba entonces con cerca de 700 mil habitantes- sino que habían expandido sus límites hacia la zona sur, valorizando la franja costera. En nueve meses, echaron abajo más de 600 edificios, casi todos conventillos superpoblados, abriendo espacios para automóviles, tranvías eléctricos, ascensores, cines…Río se estaba modernizando.

En la década siguiente, el alcalde Paulo de Frontin iniciaría otro conjunto de obras monumentales, que la prensa carioca apodó “los doce trabajos de Hércules”. Se abría la trilla de una ciudad enorme, a ser erguida en un futuro próximo, que se desplegaba desde el centro (con el derrumbe del cerro de Castelo), pasando por la duplicación de la Avenida Atlántica, en Copacabana, y siguiendo por Ipanema, Leblon y todo el extenso litoral y tierras vecinas hasta la Laguna Rodrigo de Freitas, desembocando en Gavea.

Nunca se había construido tanto. Los dos Emílios, Odebrecht y Baumgart, vivieron esa belle époque de estilos diversos, donde se imponía el ecleticismo. “Una feria de escenarios arquitectónicos improvisados”, según decía Lúcio Costa, uno de los padres de la arquitectura moderna brasileña.

Lúcio Costa reconocía que la ingeniería civil brasileña estaba, con respecto a la técnica de las estructuras arquitectónicas, en vísperas de una nueva etapa. Recordaba que “hay soluciones capaces de atender a la insistencia apasionada de los arquitectos de espíritu moderno, entusiasmados ante las posibilidades plásticas inherentes a la nueva técnica de hormigón armado, cuya belleza formal inmadura escapa aún a la percepción de la gran mayoría de los ingenieros”.

Emílio Baumgart no estaba por cierto entre esa gran mayoría. Baumgart es considerado el creador de la técnica brasileña del hormigón armado y hasta hoy se le admira por los proyectos audaces y creativos que ejecutó. Lúcio Costa, en un testimonio presentado después del fallecimiento del ingeniero Baumgart, con quien convivió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, confirma que “su ingenio, intuición y práctica del oficio, despreciados al principio por el pensamiento de los doctos, terminaron por consagrarlo, como él merecía, maestro de los jóvenes ingenieros especializados en la técnica del hormigón armado”.

El nuevo sistema de construcción cambió radicalmente el panorama de la construcción civil en Brasil, pero su consolidación no ocurrió con rapidez. El primer campo de mayor difusión fue el de las llamadas obras de arte (puentes, viaductos y otras), destacándose el Estado de São Paulo. Los estudios y experiencias en obras mixtas o integrales se hicieron en escuelas politécnicas de São Paulo y Río de Janeiro. La fecha de 1908 es la más antigua que se conoce con respecto a la construcción de edificios, de la Estación Mayrink (SP) y del Ferrocarril Sorocabana por el arquitecto belga Victor Dubugras.

Economía de tiempo, economía de costos, durabilidad y resultados estéticos favorables empezaban a dar credibilidad al hormigón armado en los años diez. La Companhia Construtora de Cimento Armado, de acuerdo al nombre, es considerada la primera empresa constructora especializada en hormigón armado en Brasil, y ya funcionaba en 1912. Después de un comienzo modesto, limitado a obras de edificios particulares, pasó a ejecutar grandes obras en todos los ramos de la ingeniería, en varios puntos del país. Su gran rival, la Construtora Christiani & Nielsen solo abriría una filial brasileña en 1919.

La etapa de experimentación con la nueva técnica llegó al punto culminante con la inauguración del gran edificio de diario A Noite, en Río, y del edificio Martinelli, en São Paulo, a fines de los años veinte, que introdujeron los rascacielos en las ciudades brasileñas. La Companhia Construtora ejecutó varios edificios históricos, como los hoteles Central, Gloria y Copacabana Palace y las oficinas de la Companhia Antártica, en Río de Janeiro.

Otras regiones del país no tardarían en conocer el hormigón armado. En el Noreste, con el aumento de la importación y exportación de azúcar, en el medio urbano estalló la demanda de la construcción. El brote de “edificaciones productivas” vinculadas al comercio importador y exportador provocó la ampliación de los puertos, construcción de depósitos, silos y molinos, mejoras en las áreas urbanas antiguas, ampliación de la red ferroviaria, construcción de carreteras y puentes -ambos un campo especialmente fértil para la aplicación del hormigón armado.

El puente Mauricio de Nassau, en Recife, por ejemplo, con 180 m de largo, se convirtió en un récord de la ingeniería estructural brasileña de aquella época. Los cálculos del puente fueron elaborados por Emílio Baumgart y para ejecutarlo Lambert Riedlinger mandó a Recife, en 1917, a uno de sus mejores hombres: el joven Emílio Odebrecht, quien desde 1914 se estaba capacitando en la nueva técnica de construcción.

El constructor Emílio Odebrecht confirmó las mejores expectativas de Riedlinger: el puente Maurício de Nassau se convirtió en un marco de la ingeniería brasileña. En el mismo Recife, el joven Emílio iniciaría, dos años después, la principal vocación de su vida: la de empresario-constructor. El puente Maurício de Nassau representó para Emílio Baumgart, el calculista, la confirmación de su talento. Sus cálculos provocaron tanta admiración que los compañeros de la Politécnica de Río, cuando el grupo se recibió, en 1918, mandaron incluir un diseño del puente en el panel con las fotografías de los alumnos.

Para el otro Emílio, el Odebrecht, la construcción del puente fue un divisor de aguas. Se mudó para Recife y emprendió una obra considerada en la época la más importante, con estructura de hormigón armado en Brasil. No tardó en darse cuenta de que estaba listo para levantar vuelo, ocupándose de sus propios negocios.

El lugar era indicado para nuevos proyectos y la época también era buena. Recife empezaba a modernizarse para atender al brote de la economía azucarera en Pernambuco, Alagoas y Paraíba. Había todo tipo de obra por hacer. Como en Río, un poco antes, hubo que sanear la ciudad, abrir avenidas y reformar el puerto. Después de cuatro años de guerra en Europa, un clima de euforia se arrastró por la ciudad.

Los propietarios de usinas fueron autorizados por el gobierno a exportar, independiente del permiso, el exceso de la zafra del año y el Lloyd Brasileiro decidió no aumentar el flete de navegación. En lo que hace a las demás ciudades del estado -en realidad, aldeas-, Recife brillaba como un oasis urbano. Había casi 240 mil habitantes y florecían grandes mansiones en los barrios de Boa Vista, Casa Forte, Casa Amarela y Derby. Del otro lado de la ciudad, más de la mitad de la población vivía en villas miseria (favelas) y ranchos. En general de una pieza, sin agua corriente ni instalaciones sanitarias y techos con hojas de palma.

En 1918, Recife fue una de las ciudades más sacudidas por la gripe española y clamaba por mejoramientos. Ya se había autoproclamado la “Venecia Brasileña”, debido a la presencia de los ríos Beberibe y Capiberibe, “que la abrazan”, y era lugar “de muchos colores, de casas de alto pequeñas y horizontes abiertos”, como escribió el poeta, que también era ingeniero y calculista, Joaquim Cardozo.

Fue cuando el joven Emílio, a los 24 años, decidió casarse con Hertha Hinsch. Soñaba con una familia, hijos y una carrera. Y, una vez más, le fue bien. En 1918, Lambert Riedlinger nombró gerente de la filial de Recife al ingeniero Isaac Magalhães de Albuquerque Gondim, de tradicional familia pernambucana. Recién recibido, ya tenía conocimientos prácticos, pues durante todo el curso había trabajado en el servicio público, en el puerto, en la sección técnica vinculada a la oficina de diseño, cálculos, mediciones, relevamientos y sondeos hidrográficos. Le interesaba principalmente el estudio y la aplicación del cemento armado

Emílio conocía la técnica. Además, quería enfrentar nuevos desafíos. Gondim y Emílio se unieron para la “ejecución de cualquier tipo de construcción, trabajo a destajo, administraciones, principalmente en la especialidad de cemento armado”, como anunciaron. Fundaron la Isaac Gondim & Odebrecht, la primera empresa de construcción del Noreste con know-how en la nueva técnica. Además de la sede en Recife, en la tradicional rua do Imperador, al poco tiempo se inauguró una filial en Jaraguá, Alagoas.

Recife era un lugar “de muchos colores, de casas de alto pequeñas y horizontes abiertos”, escribió el poeta Joaquim Cardozo

“Los primeros años fueron muy duros”, recordó Isaac Gondim en su libro Vultos e Problemas no Recife. “La competencia era intensa y los recursos pequeños. Después vino la reacción; aumentó el crédito, la confianza creció, los negocios se ampliaron y, como consecuencia, los resultados fueron compensadores”. En las zonas azucareras había necesidad de construir represas, canales, embalses y puentes para el ferrocarril y las carreteras. Pero las primeras obras fueron relativamente modestas: moliendas, chimeneas, usinas, pequeños puentes en el interior del estado de Alagoas y en el Mercado de Flores de Fortaleza.

Luego surgieron obras más importantes, como los puentes Buarque de Macedo, Afogados, Torre e Pina y el Cuartel del Derby, ocupando una superficie de 2.900 m2, con una cúpula de hormigón armado y algunos pabellones.

La ciudad se civilizaba. La prensa aplaudía. “Hay que ver, en las últimas administraciones municipales, la forma milagrosa cómo se moderniza la ciudad”, registró la revista Ilustração Brasileira en junio de 1924. “Se construyen magníficos edificios. Finalmente es palpable la fiebre de modificaciones que están transformando la Venecia Brasileña en uno de los centros más cultos y civilizados del país”.

Parecía un paraíso. Pero como todo paraíso, en Recife había una serpiente, que dio el bote cuando la economía azucarera colapsó. La valorización de las exportaciones cesó tan rápidamente como había empezado. Los productores del Noreste empezaron a vender la mayor parte de su producción en el mercado interno. Brasil solo tenía condiciones de exportar cuando, por alguna causa externa, excepcionalmente, había escasez en el mercado mundial. Por ejemplo, la guerra. Entre 1914 (530 mil bolsas) y 1918 (1,9 millones de bolsas) la exportación de azúcar se cuadriplicó; pero en 1924 esa cifra cayó para la marca de 10 años antes y, en 1925, para la cifra irrisoria de 50 mil bolsas. Y, asimismo, el crecimiento de la producción en las usinas de São Paulo y Río de Janeiro, altamente competitivas, pasó a amenazar los intereses e inclusive la supervivencia de la economía azucarera de Pernambuco y del Noreste en general.

La empresa Isaac Gondim & Odebrecht vivió todo eso. En 1923 inició su última obra importante: la oficina de The Pernambuco Tramways and Power Co. Ltd., con sede en Londres, un edificio “majestuoso, construido en hormigón armado, líneas sobrias, con la comodidad e higiene necesarias para una gran oficina donde trabajaban cerca de 500 empleados”, como registró una publicación de la época. Luego, Gondim & Odebrecht disolvieron la sociedad.

Además de las crisis del azúcar, Isaac Gondim estaba dispuesto a seguir otros rumbos, abrió una oficina de consultoría técnica y un año y medio después se empleó en la administración de la Pernambuco Tramways y de la Telephone Company of Pernambuco, Emilio tenía planes distintos y una familia para mantener. Quería seguir construyendo e educando a sus hijos, Norberto, Gerda y Erika en una filosofía de trabajo y persistencia. Permanecieron entre ambos los buenos recuerdos de la empresa y la amistad.

Durante el mismo mes y el mismo año en que se disolvió la sociedad con Isaac Gondim -noviembre de 1923- Emílio Odebrecht, asociado a Gustavo Adolpho Schaefer y Benedito Ximenes de Souza Neves, fundó una empresa de construcciones en general, principalmente con cemento armado e instalaciones hidráulicas. Con sede en Recife, en la rua Duque de Caxias, al lado del edificio del Diário de Pernambuco, la Emilio Odebrecht & Cia. tendría participación activa en las obras ejecutadas durante el gobierno de Sérgio Loreto, entre las cuales se destaca la construcción del Palacio de Justicia. Los negocios azucareros habían llegado al auge, iniciando a partir de ahí un proceso de retracción.

El azúcar declinaba en Pernambuco, pero Bahía vivía un momento de crecimiento, pues sus principales productos de exportación, el cacao y el tabaco, se hallaban en alza en el mercado internacional. El puerto de Salvador era el tercero de Brasil en volumen de exportación.

En los años veinte, el cacao y el tabaco bahianos estaban en alza en el mercado internacional

No fue por casualidad que la Companhia Construtora de Cimento Armado, Christiani & Nielsen y E. Kemnitz & Co, Ltda., Engenheiros e Construtores, ya habían instalado sus filiales en Salvador. La competencia no sería fácil. Emílio, atraído por el brote del cacao, llegó a la ciudad en 1925, con un buen currículo y un indispensable equipo de obreros calificados en construcción con cemento armado. Aquel año, la Emílio Odebrecht & Cia ya contaba con muchas filiales -además de la de Salvador-, en Blumenau, João Pessoa y Maceió. Gustavo Schaefer y Benedito Neves habían salido de la sociedad, siendo sustituidos por los ingenieros civiles José Cândido de Morais Nascimento y Armando Campelo.

La trayectoria del constructor Emílio, la esposa y tres hijos, todos pequeños, había tomado un rumbo peculiar. Salvador era una ciudad de 250 mil habitantes. La elite, que incluía terratenientes, barraqueros, banqueros, plantadores de cacao y remanentes de la aristocracia de los dueños de usinas, poseía valores y tradiciones distintos de los que estaban vigentes en el hogar de los Odebrecht. El trabajo manual era considerado algo de poco valor e inclusive la ingeniería pasaba por ser una profesión menos noble, con un prestigio bastante menor que el de medicina o derecho, por ejemplo.

En la casa de Emílio no se pensaba ni se actuaba así. El hijo Norberto tenía seis años cuando llegó a Salvador con la familia. Se lustraba lo zapatos, regaba el jardín, cortaba leña, arreglaba su ropa y solo después podía ir a jugar. Conversaban en alemán y las cartillas en que Norberto aprendió a leer vinieron de Alemania. Un huésped de la casa, el pastor Otto Arnold, recién llegado a Salvador, le daba clases que ocupaban las mañanas e incluían ejercicios de caligrafía siguiendo el alfabeto gótico.

Emílio, era un hombre físicamente robusto y técnicamente preparado. Sabía que podía avanzar. Tenía un buen capital de obras ejecutadas en Pernambuco y Alagoas, contactos con la futura clientela y la indicación para un trabajo: el puente sobre el río Itajaí-Açú construido durante aquel año, 1925, en Indaial, Santa Catarina, y muy apreciado por Víctor Konder, Ministro de Vialidad y Obras Públicas.

La segunda mitad de los años veinte, en Bahía, fue justamente llamada “la era de la fermentación edificatoria” (para tener una idea: en 1924 había en el estado solamente 765 Km. de rutas y, a los cuatro años, 3.431 Km.). La Emílio Odebrecht & Cia, ya en 1926, construyó un puente sobre el río Cachoeira, en Itabuna, el primero de hormigón armado de Bahía. Sus obras se centralizaron más en la capital. El Edificio Magalhães, de Magalhães & Cia., en 1928 y, luego, el Palacio de la Salud y Asistencia para sustituir la antigua construcción de la época de la colonia, que había sido demolida un poco antes. En 1929, se construyeron dos obras importantes, una en la capital –la sede la Cía. de Navegación Bahiana- y otra en la frontera con Pernambuco, al lado del río San Francisco, la Catedral de Petrolina, un templo grandioso en el medio del sertón nordestino.

La ciudad de Petrolina solo tenía contacto con la capital por vía fluvial y su relación más directa era con la bahiana Juazeiro, enfrente, conectada por una balsa. El puente entre las dos fue construido mucho tiempo después, en 1946. Cemento, hierro y otros materiales llegaron con dificultad, pasando por caminos de tierra, en carretas de bueyes o en barcas que venían por el San Francisco. Por lo tanto, construir la única iglesia en estilo gótico del interior de Brasil exigió del constructor una mezcla de audacia y creatividad. Encomendada por el Obispado, bajo la dirección de Don Malan, la catedral tiene una cúpula de 30 m de vano libre sobre la nave central. El pueblo de la ciudad creía que solo un milagro podría evitar la caída. Así, cuando se retiraron los puntales y la estructura empezó a crujir debido al retraimiento o la expansión de los materiales, los fieles que asistían a la escena creían que no habría milagro. Se pusieron a gritar: “Se va a caer”. Don Malan y Emílio Odebrecht estaban sentados debajo de la cúpula, Despreocupados, seguros con la solidez de la obra, almozaron allí y pasaron el tiempo jugando black-gamon.

Inclusive con una nueva crisis económica rondando, en la medida en que disminuía la actividad industrial del Noreste y crecía la participación paulista, la Emílio Odebrecht & Cía., conquistó diversos contratos a fines de la década. No eran obras públicas las que ejecutó en 1930 y 1932, pero estaban vinculadas a servicios esenciales para la población, de naturaleza asistencial y educacional, como el Hospital São Jorge, el Colegio Antônio Vieira, de los jesuitas, y los pabellones del Liceo Salesiano, todos en Salvador.

Entre 1933 y 1936, la constructora intensificó su actuación en el interior del estado, particularmente en obras vinculadas a los negocios de tabaco y cacao, el edificio de la Asociación Comercial de Ilhéus -cuando la exportación del cacao estaba en auge- y la planta de Charutos Suerdieck, en Maragogipe. En la capital, se construiría la fábrica de Chocolates Behring, los cines Alianza y Santo Antônio, la bóveda y el tejado del Monasterio de São Bento y, en Itaparica, el muelle principal de la isla. Las marcas de la Emílio Odebrecht & Cia. dejadas en Bahía ya eran, en la época, numerosas y expresivas. En 1936, la empresa con sede en Salvador, en el imponente edificio del diario A Tarde, tiene como socios al constructor y su esposa Hertha Odebrecht.

En la segunda mitad de los años treinta, la empresa siguió ejecutando obras de carácter social, como el Hospital de Clínicas de la Universidad Federal de Bahía (proyecto y estructura) y el Hospital Santa Teresinha (actual Otávio Mangabeira). La construcción del edificio de la Secretaría de Seguridad Pública, para el gobierno del estado, contaba con un ayudante especial: el joven Norberto, responsable de la construcción de los marcos, quien empezaba a llevar a la práctica los conocimientos adquiridos en los talleres del padre. En el mismo periodo, la Emílio Odebrecht & Cia. construyó, entre otras obras, un nuevo cine, el Excelsior, el edificio de la Companhia de Seguros Aliança da Bahía, en la Ciudad Baja de Salvador, el Hospital de la Sagrada Familia y, a principios de los años cuarenta, el puente ferroviario Mapele-Passagem, de 720 m, para el Ferrocarril Leste Brasileiro.

Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, hubo escasez de material de construcción importado. Se dispararon los precios del hierro, cemento, lozas y herrajes. Pero los precios de los contratos ya asumidos eran cerrados, sin posibilidad de ser revistos. Ello hizo que muchas empresas del ramo, presionadas por los acreedores, tuviesen que cerrar sus puertas. Emílio Odebrecht no fue una excepción y prefirió retirarse de los negocios. En los primeros años de la década de los cuarenta, aún estudiante, el joven Norberto Odebrecht dio proseguimiento a las obras contratadas por el padre quien, en 1941, regresó a Santa Catarina. Poco antes de la graduación de Norberto, como ingeniero civil, en 1943, por la Escuela Politécnica de la Universidad Federal de Bahía, las obras de la Emílio Odebrecht & Cia. habían quedado terminadas.

Emílio regresaría a Bahía en la década siguiente, invitado por Norberto, para asesorar a la empresa del hijo. Vuelve a frecuentar sitios de obras, orientar a maestros y aprendices y a actuar como calculista en varias obras. No podría ser distinto. A lo largo de la vida, siempre trató de ser un educador, ocupándose principalmente de la formación de auxiliares. “Don Emílio”, como le llamaban, se pasaba las noches en casa conversando con jóvenes ingenieros, maestros de obras y operarios, orientándolos y aclarando sus dudas. Cuando falleció, en 1962, a los 68 años, todas las semillas que había plantado en casa y en el trabajo ya habían dado frutos.


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