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Expedición a las lagunas
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Santuario ecológico que encanta por su belleza, complejo
del estuario Mundaú-Manguaba, en Alagoas, alberga, en
sus 57 Km.2, una fauna rica y vegetación exuberante
Braskem desarrolla acciones de protección |
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Milena Andrade ◦ texto
Eduardo Moody ◦ fotos |
Un revuelo de pájaros corta los primeros rayos de sol que empiezan a alumbrar desde temprano las aguas de la inmensa y hermosa Laguna Mundaú. Son testigos del espectáculo los que salen, de madrugada, en busca de pescados y moluscos. Se trata del esbozo de los primeros acordes de un concierto a cielo abierto, para pescadores, mujeres tejedoras, confiteras y catadores de berberechos y maçunim.
Abrigo de una riquísima fauna y de una vegetación exuberante, el complejo del estuario Munduaú-Manguaba, una de las más importantes tarjetas postales de Alagoas, también es un valioso ecosistema, fuente de renta y de alimentación de las comunidades que viven a lo largo de los 57 Km.2 cortados por las dos lagunas.
En ese lugar donde el mar se ausenta surge un paisaje poblado de jangadas, en una sucesión tranquila y acogedora de palmas, pequeñas casas coloridas y redes que saltan de las embarcaciones como si quisieran abrazar las aguas bronceadas.
Al salir de Maceió en dirección a la litoránea sur del estado, la Laguna Mundaú se encuentra con el mar en un escenario hermosísimo. Sus aguas recorren los municipios de Maceió, Río Largo, Satura, Santa Luzia del Norte y Coqueiro Seco. Manguaba está rodeada por tierras de la ciudad de Pillar y de la histórica Marechal Deodoro.
Los peces, moluscos y crustáceos que brotan de las aguas aseguran la abundancia en la mesa de más de 260 mil habitantes que viven en las cercanías de las lagunas. Más de cinco mil pescadores cuentan con las aguas tranquilas de las lagunas para mantener a sus familias.
Hay pobreza, pero no de la forma miserable o indigna de las favelas de las grandes ciudades. En ese lugar nadie pasa hambre o sed. La tainha, el curimá o inclusive los pequeños peces que se prenden de las redes no dejan las mesas vacías. Los jambos, las carambolas y los relucientes mangos de los huertos de los pequeños ranchos a orillas de la laguna alimentan gente y también animales silvestres.
La joven pareja Maria Ledja, de 16 años, y Paulo Santos, de 20 años, no piensa en dejar la casa de palo a pique recién construida en la laguna Mundaú. Jugando tranquila con un pequeño mono en la cabeza, la joven ayuda a mantener la casa vendiendo churrascos a los turistas. Su marido vive de changas y asegura la comida de la casa con la pesca. “Me gusta vivir así. No tengo muchas cosas, pero aquí se vive cerca de la naturaleza”, afirma Maria Ledja, al demostrar que poco le importan las dificultades, como la falta de agua corriente.
En el barrio de Pontal, como si no bastase la generosidad de la naturaleza, las manos arrugadas y talentosas de las comunidades llenan de colores y tramos geométricos las calles estrechas y oblicuas. El arte secular de tejer y bordar de las tejedoras alagoanas es uno de los patrimonios de los cuatro mil habitantes de la comunidad.
A los 80 años, Doña Lau es la tejedora más antigua del barrio y se enorgullece en decir que nació trabajando con encajes. La técnica de bordar los numerosos puntos, de diversos tipos, ha sido repasada cuidadosamente por la madre cuando ella tenía apenas ocho años de edad. “He criado a todos mis hijos con el encaje. Nadie pasó necesidad”. Además del encaje, las tejedoras del Pontal fabrican otros tipos de artesanía.
Siguiendo por el complejo de las lagunas se llega rápidamente a una de las más hermosas ciudades del estado, la antigua capital alagoana, Marechal Deodoro. La ciudad preserva algunos monumentos y edificios de los siglos XVII y XVIII, como el Largo del Pelourinho, con el Oratorio da Forca, donde los condenados hacían sus últimas oraciones; el Convento de São Francisco, construido entre 1684 y 1689, que se ha convertido en el Museo de Arte Sacro de Alagoas; la Iglesia de Nossa Senhora da Conceição, construcción con fachada barroca de 1755; la Iglesia del Señor do Bonfim, del siglo XVII; y algunas iglesias en ruinas también del siglo XVII, como la iglesia de Nossa Senhora do Amparo, el Convento de las Carmelitas y la Iglesia de Nossa Senhora do Rosario.
En las calles angostas y llenas de historia vive una comunidad risueña y formada, en su mayoría, por pescadores y músicos. Según dicen los habitantes, en Marechal, el que no pesca, seguramente, es músico de alguna de las diversas filarmónicas de la ciudad.
José Carlos Vieira no toca ningún instrumento, pero domina como nadie el arte de la pesca en la comunidad de Poeira, a orillas del Manguaba. En sus 48 años de vida, crió los seis hijos con lo que extraía de la laguna. “Si no fuera por la pesca acá nadie come”.
Todos los días repite el ritual, que empieza alrededor las tres de la mañana mientras sale de Marechal Deodoro hacia Pillar en su barco a remo. Cuando hace lindo día, él regresa con camarones barba roja, tilapias y carapebas. Hay días, sin embargo, en que vuelve solo con la comida para el almuerzo y la cena de la familia. “Aquí no se pasa hambre como en el sertón. Si se consigue harina y sal está todo resuelto”, afirma José Carlos.
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