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Conquista de un proyecto de vida
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Casi 80 mil venezolanos se verán beneficiados por
el proyecto El Diluvio-Palmar. Muchos ya disfrutan,
durante las obras, de nuevos horizontes
“Una Venezuela con sazón Odebrecht” |
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Humberto Werneck ◦ texto
Holanda Cavalcanti ◦ fotos |
El proyecto El Diluvio-Palmar, el primer gran sistema de riego que se construyó en Venezuela en las tres últimas décadas, conducirá el agua a centenares de pequeñas propiedades rurales, creando condiciones para que la actividad agroindustrial en la región de Maracaibo (en la zona occidental del territorio venezolano) pueda desarrollarse. Dicha región estaba limitada, hasta hoy, a la pecuaria de pequeño y mediano portes.
Cerca de 77 mil personas se verán directa o indirectamente beneficiadas con trabajo y mejor vida, y no estarán condenadas a emigrar -lo que resolverá otro aspecto grave del problema, al favorecer la ocupación racional de un área problemática de la frontera venezolana, que enfrenta actualmente la acción de guerrilleros y traficantes de drogas provenientes de Colombia.
“Estamos realizando aquí mucho más que una obra de ingeniería”, observa Ivan Joventino, de Odebrecht, Director de Contrato del proyecto El Diluvio-Palmar. “Es algo a que se ha agregado mucho valor humano”.
Firmado a principios de la década con el Instituto Nacional de Desarrollo Rural (Inder), órgano del Gobierno de Venezuela, el primer contrato preveía solamente la construcción de una aductora y un canal, con una longitud total de 48 Km. Cinco años después Odebrecht fue invitada para ampliar el alcance -físico y, sobre todo, social- de la obra, agregando ramificaciones secundarias y terciarias al proyecto. Iniciada, en noviembre del 2003, se estima que la obra quedará terminada en el 2007.
“Hay entre Inder y Odebrecht una relación de aprendizaje mutuo”, destaca la Ingeniera Tibisay León, Presidenta del Inder. “Hemos establecido un diálogo que abarca mucho más que el aspecto tecnológico”. Y agrega: “Hemos superado conjuntamente los obstáculos que se presentan al proyecto. Estamos ejecutando un trabajo coordinado, integrado, con espíritu de equipo”. Tibisay León destaca la apertura de nuevos puestos de trabajo en la región y la valorización de la cultura indígena como beneficios que genera la obra.
La Ingeniería Agrónoma Dulce Hermoso, del Inder, Coordinadora de la Unidad de Gestión del Proyecto El Diluvio-Palmar, destaca: “El aporte de Odebrecht ha sido no solo técnico, sino también humano y social”. Esas percepciones gratifican a José Claudio Daltro, Responsable Administrativo y Financiero de Odebrecht en Venezuela, que ve reconocido “el esfuerzo pautado por la responsabilidad social”.
Trabajo en zona de riesgo
Casi 30 empresas subcontratadas participan de la construcción de la aductora y el canal. Coordinadas por Odebrecht, van a conducir el agua de la Represa El Diluvio, que aún no está terminada, formada por los ríos Palmar y Lajas, a muy poca distancia de la Sierra de Perijá, entre Venezuela y Colombia. En los primeros 9 Km., el agua pasará a través de tuberías de acero; luego, a cielo abierto, en los 38,3 Km. de un canal de perfil trapezoidal, revestido con geomembrana de polietileno.
Las tuberías, de 9 m de longitud, tienen diferentes diámetros -3.20 m, 3 m y 2,80 m-, solución encontrada para facilitar el transporte marítimo entre Recife y Maracaibo, ya que pueden ser acondicionadas de tres en tres, unas adentro de las otras. El agua que pasará por ellas permitirá regar 20 mil Ha., de las cuales 10 mil en una primera etapa. El índice pluviométrico en la llanura de Maracaibo es de 1.000 Mm. anuales, pero las condiciones de acumulación de agua no son buenas, incluso porque la temperatura media en la región es de 33º C.
Principales acciones sociales de Odebrecht en la región del proyecto
El mayor desafío del proyecto no es técnico sino social, ya que está siendo ejecutado en una zona llena de riesgos. Acosados por el ejército de su país, o en busca de provisiones, los guerrilleros del vecino país se infiltran sin el menor cumplido en territorio venezolano. Hay frecuentes secuestros de estancieros, a pretexto de levantar fondos para la guerrilla. Desde enero hasta el principio de agosto de este año se registraron en la región 13 acciones de ese tipo. Los estancieros tratan de comprar su propia seguridad. Mojones con marcas de tinta señalizan las “fincas vacunadas”. Que así se llaman porque sus dueños han optado por pagar para no ser secuestrados.
En el área estricta en que se está construyendo el Proyecto El Diluvio, el panorama es menos asustador, debido a un dispositivo de seguridad del cual participan el ejército venezolano, la Guardia Nacional y una empresa privada, Oriandes. En las franjas de tierra en que se está talando el monte para abrir el canal ya no aterrizan pequeños aviones sospechosos. “Hace dos años que no se registran incidentes”, informa el Mayor del Ejército Benjamín Santana Morales, uno de los responsables del sistema de protección.
La tranquilidad de las personas que ejecutan las obras también es asegurada por un esquema alternativo de seguridad, informal pero eficientísimo -el llamado “anillo invisible de seguridad”, conformado por vecinos de la región. Por iniciativa propia y sin remuneración, la población local armó una red de información permanente, a fin de detectar y denunciar movimientos anormales en el área. “Si no nos ocupamos de quienes nos están ayudando, ¿qué va a pasar?” Ese anillo invisible permitió, por ejemplo, evitar el secuestro de Yarizza González, encargada, en Odebrecht, de las relaciones con la comunidad y con el sindicato de trabajadores. “Si no nos ocupamos de quienes nos ayudan, ¿qué va a pasar?”, observa el labrador Julio González, líder de los 1.200 habitantes de Los Jagüeyes, uno de los cuatro asentamientos indígenas de la región.
“Somos beneficiarios de esa obra, tenemos que ocuparnos de ella”, afirma la hermana de Julio, Maritza González, líder de los 1.540 integrantes de otra comunidad, El Laberinto. Algunos de los beneficios a que se refiere llegaron mucho antes que el canal. Y se hallan en el centro de las preocupaciones del Ingeniero Civil peruano Julio Robles, de Odebrecht, Gerente de Desarrollo de Proyectos. “Tenemos que realizar acciones que permitan que el proyecto eche raíces”, dice Robles, seguro de que sería inútil construir un canal que, disociado de una función social, terminase reducido a una cicatriz en la llanura de Maracaibo.
Se está luchando en ese sentido. El agua aún viene de lejos, muchas veces en camiones cisterna, por intermedio de Odebrecht, pero el panorama está cambiando. “Odebrecht es la primera empresa que nos toma en cuenta”, afirma Maritza, quien observa: al contrario de lo que sucede en otras ocasiones, el personal que está construyendo El Diluvio es reclutado allí mismo, no viene de afuera. Con ello, se abrió para los campesinos (un 60% tiene sangre indígena, como Julio González) la perspectiva de formación y calificación profesional, lo que resulta en mejora salarial. Para tener una idea: mientras un peón gana 40 mil bolívares (cerca de R$ 40) por semana, el sueldo básico diario de un trabajador de las obras de El Diluvio-Palmar es de 19.641,25 bolívares. Ya un operador de máquina -como el ex peón Julio César Cuadrado, esposo de Maritza-, no gana menos de 23.950 bolívares por día.
Entre las mujeres, muchas encontraron trabajo doméstico -un mercado que no existía- en la residencia de técnicos que llegaron para construir el canal. El empleo formal es el campamento de Odebrecht. Otras descubrieron clientes para los postres y que pueden hacer en sus casas. Según constató Yarizza González, inclusive algunas maleteras, que circulan por la zona con esteras de playa para vender su cuerpo, ya cambiaron de profesión.
“La calidad de vida ha mejorado más de un 50%”, dice Julio González, quien no se refiere solo a oportunidades de trabajo. Las máquinas no habían llegado aún y en la Navidad del 2001 los niños del lugar pudieron tener, por primera vez, su Papá Noel (para ellos, San Nicolás), que desde entonces pasaba por allí, cada mes de diciembre, sembrando alegría con regalos de Odebrecht en Venezuela. Es una prueba más de lo que dice, en Caracas, Euzenando Azevedo, Director Superintendente de Odebrecht en Venezuela, con la experiencia de quien vive en el país desde 1994: “Al venezolano le gusta nuestra forma de vida, y ello aleja cualquier posibilidad de rechazo”.
La forma de vida a que se refiere Euzenando refleja una disposición inconmovible de la empresa: “Odebrecht se siente comprometida no solo con la ejecución de obras, sino con el país”, y agrega: “Estamos aquí para trabajar con y para los venezolanos, vinimos para quedarnos con una visión de permanencia”.
Gracias a ese empeño, los niños que viven en los llanos de Maracaibo ya no abandonan los salones de clase como antiguamente, pues las escuelas, por iniciativa de Odebrecht, se han vuelto más acogedoras. En la Unidad Educativa El Laberinto solo había un baño: ahora hay ocho, y la directora tiene un gabinete.
Mejoras de esa naturaleza, no solo en la escuela, terminaron por provocar celos saludables de la Alcaldía del municipio de Jesús Enrique Losada, pues al principio se desconfiaba de los forasteros. La desconfianza natural se disolvió totalmente, y fue sustituida por un clima de cooperación. ¿Odebrecht estuvo a cargo de la pintura nueva para la escuela? Rápidamente el alcalde Mario Urdaneta manda construir un ambulatorio. ¿Se terminó la pintura? Él toma las medidas necesarias y todos salen ganando. “En la vida hay que ser como una campana”, dice Yarizza González en su lenguaje poético, y explica. “Hay un ir y venir, un dar y recibir. Aquí en El Diluvio-Palmar somos el campanario de esa iglesia que se está formando”.
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