Apoyo esencial al que produce
Actividades que fortalecen a las familias de agricultores son el camino para asegurar la sostenibilidad
Texto: Vivian Barbosa
Fotos: Eduardo Moody
Tatiane Moreno (a la derecha) con agricultores: “Somos la conexión entre el productor, en el campo, y la Coopalm"
“Ella es como si fuese de la familia”. La frase refleja el buen humor del agricultor Artur de Souza. Cada dos meses, abre las puertas de su casa, en la comunidad de Paratapas, en el municipio de Camamú, en Bahía, para recibir a la joven Tatiane Moreno, de la Cooperativa de Productores de Palmito del Bajo Sur de Bahía (Coopalm). Artur responde a las preguntas de Tatiana; ella acompaña y evalúa su trabajo ante la cooperativa y recoge sugerencias. “También percibe cuáles son las necesidades de mi familia y nos orienta hasta sobre cómo y dónde conseguir un CPF (registro en la dirección impositiva)”, afirma el agricultor.
Nacida en Camamú, Tatiane, 26 años, es graduada en Administración de Empresas y ayudó a implantar, en el 2005, el Servicio de Atención al Cooperante (SAC) de Coopalm. La cooperativa, integrada al Programa DIS Bajo Sur, lidera la Cadena Productiva del Palmito en la región. “Somos la conexión entre el productor, en el campo, y los diversos sectores de Coopalm”, explica Tatiane. Antes de esse desafío, la joven, a los 19 años, participaba de proyectos apoyados por la Fundación Odebrecht, que, en aquella época, coordinaba el Programa Alianza con el Adolescente.
Por el segundo año consecutivo, el SAC realiza acciones volcadas en las familias de los cooperantes. Paulo, Rafaela, Manoela y Samuel Souza, cuatro de los siete hijos de Artur, participan del Meta Joven y reciben clases de informática. “Focalizamos nuestro trabajo en los jóvenes porque creemos que ellos serán los motores del sustento de sus padres. El mayor objetivo es fortalecer la unidad-familia”, afirma Tatiane. “Cuando se termina la formación, esos jóvenes serán responsables de transmitir sus conocimientos a la comunidad, actuando como multiplicadores”.
A los 17 años, Manoela siente orgullo por participar de una iniciativa, que ella también comparte, que defiende la valorización de la familia: “Luchamos mucho para que nuestra vida mejore. Tatiane siempre despertó en nosotros el deseo de trabajar unidos, pues así podremos crecer cada día”.
Un nuevo ciclo
Otras tres cadenas productivas fomentan oportunidades de generación de trabajo y renta en el DIS Bajo Sur: mandioca, acuicultura y totora. En total, reúnen cerca de 791 cooperantes, beneficiando, indirectamente, a más de 3.100 personas.
La estrategia adoptada se destina a impulsar las tres etapas de la cadena productiva. En el sector primario, el agricultor familiar, organizado en cooperativa, tiene acceso a las nuevas tecnologías, aumentando la cantidad y la calidad de su cultivo. En el secundario, una industria de beneficiación agrega valor al producto que sigue para las góndolas del supermercado. Ocurre la articulación con um socio minorista (sector terciario), responsable de conectar el pequeño productor al consumidor final. Este último contribuye, con su poder de compra, para la generación de renta justa y directa al cooperante.
“Producimos y sabemos cuánto vamos a ganar a fin de mes”, afirma Cremilda dos Santos, 39 años vecina de Lagoa Santa, en Ituberá. Hace dos años, ella forma parte de la Cooperativa de las Productoras y Productores del Área de Protección Ambiental del Pratigí (Cooprap) y asegura uma renta extra de R$ 300,00 produciendo piezas fabricadas con fibra de totora. “Creamos bolsos, bandejas y paneras. Durante el día, trabajo la tierra. De noche, trabajo en artesanía a la luz de un candelero”.
Cremilda se siente tan estimulada con sus nuevas conquistas, que volvió a estudiar. Actualmente, cursa la cuarta serie de la enseñanza fundamental. Inclusive invito a una prima, Maria dos Santos, para ser su pupila en la campaña “Adopte un cooperante”. Como la demanda por piezas ha sido creciente, los asociados son estimulados a divulgar el trabajo de la Cooprap y a atraer a más personas interesadas en aprender la técnica.
Cuando le preguntan la edad, Doña Maria, como es conocida por los vecinos, contesta que pasó de los 60. “La cabeza ya no me da”, bromea. Ella aún utiliza la azada como principal instrumento de trabajo, plantando hortalizas y mandioca en el patio de su casa. Está empezando su actividad como artesana. “Espero aprender muy bien ese oficio. Quiero abandonar el trabajo pesado y vivir solo de la artesanía. Ya no me da el cuerpo. Y el corazón tampoco”.
